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Retransmisión en directo: 22 de octubre, 12h


Obras de Mozart, Wieniawski, Ysaye, Paganini y Debussy

Tradicionalmente, el preludio sirve como introducción y anticipo de otras piezas. Haciendo honor al nombre del ciclo, los jóvenes músicos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía muestran su talento en conciertos abiertos y gratuitos para el público, como antesala de lo que será su carrera profesional.

No es casualidad que casi todos los grandes conciertos para violín (Beethoven, Brahms, Tchaikovsky, el núm. 1 de Prokofiev y nada menos que dos de Mozart) estén escritos en la tonalidad de Re mayor. Y esto es porque sus cuerdas al aire (Sol, Re, La, Mi) corresponden en esta tonalidad con notas importantes de la escala, la tónica (Re), subdominante (Sol) y Dominante (La), pudiendo sacar todo el partido a las sonoridades más brillantes que resultan de no pisar las cuerdas y de la vibración por simpatía entre ellas. Esta propiedad acústica es la que aprovechó Mozart al componer el Concierto núm. 4 K 218, cuyo primer movimiento explota todas las resonancias naturales del violín.

El mito de Fausto se hizo muy popular en el siglo XIX gracias a la tragedia de Goethe, dando lugar a grandes obras musicales, entre ellas la ópera del mismo nombre del francés Charles Gounod, en la que se inspiraría Wieniawski para componer su Fantasía op. 20. En base a cinco conocidas melodías de la ópera y con grandes momentos de virtuosismo, se organiza en forma de escena dramática: introducción, recitativo, aria, episodio y ballet final.

Siguiendo con el violín, tenemos ejemplos de dos de los corpus más importantes escritos para este instrumento, además de las obras de Bach. En la Sonata núm. 4 en mi menor de Ysaÿe, dedicada a Fritz Kreisler, queda patente la devoción que sentía por el compositor alemán, pues sigue la estructura en danzas tan propia de la suite barroca que este cultivó en sus Partitas para violín solo. Por su parte, el Capricho op. 11 núm. 1 de Paganini, escrito como toda la colección a modo de estudio, alterna pasajes de acordes y melodía en la voz superior con una sección central de arpegios y saltos en ritmos puntillados.

Sin temor a sonar presuntuoso, Debussy quedó tan satisfecho de su ciclo de Images que pensaba que se merecían un lugar “a la izquierda de Liszt o a la derecha de Chopin”. Efectivamente, su fantasía y logros tímbricos están fuera de toda duda. Si en Cloches à travers les feuilles crea un efecto de tonalidad suspendida, o de polifonía oriental con influencias del gamelán balinés en Et la lune descend sur le temple qui fut, en la última pieza, Poissons d’or, describe los destellos de luz de los movimientos de dos peces dorados en las aguas, iluminados por la luz de la luna, tal y como aparecen en la pintura japonesa en la que se inspiró. No en vano decía Debussy: “Amo casi tanto las imágenes como la música”.

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